TEMA DE PORTADA
// Equipo El Librero
No están todos los que son, pero son todos los que están
PORTADA La narrativa venezolana multiplica su catálogo
Nuevos y viejos registros, una que otra búsqueda arriesgada y distintas banderas de identidad se agitan en lo que están publicando las voces emergentes del cuento y la novela en nuestro país. Una muestra parcial de lo más reciente
Gente no le falta a la literatura venezolana. A los autores que llevan más de una década publicando se han ido sumando, sin cesar, nuevas voces, de las que unas cuantas se han colado en las antologías de narrativa o han logrado publicar en editoriales por demanda o sellos de importancia. Hay nuevos premios, como el Adriano González León y el Arturo Uslar Pietri, que comenzó con el género novela, una intensa actividad en Internet comentando o criticando y mayor apoyo de las editoriales (aunque unos cuantos podrán decir que este último está lejos de ser suficiente). Muy activos y cada vez más reconocidos, Gustavo Valle, Héctor Torres, Fedosy Santaella, Rodrigo Blanco Calderón y unos pocos más trabajan duro no sólo para mantenerse publicando, sino para ir escalando en complejidad, tanto en el cuento como en la novela. Pero otros escritores, de edades distintas pero muchos de ellos bastante jóvenes, han ido llegando a las librerías.
No es fácil establecer un catálogo pues varía la cantidad de publicaciones, la obtención de premios o menciones, la exposición ante el público; de la calidad, que se encarguen de juzgarla, por su cuenta, los lectores. Aquí intentamos un nuevo panorama, que no pretende ser total ni es producto de una investigación sistemática, pero que es el segundo que nos vemos obligados a hacer, en tres años de circulación de esta revista, ante el volumen de la producción local en ficción narrativa.
Adolescencia sin norte y sexo a la carta
Los periodistas Leo Campos y Gabriel Torrelles son dos invitados previsibles dentro de la narrativa emergente no ya de Venezuela, sino del corazón gris de Caracas. El primero fue uno de los editores y fundadores de la revista plátanoverde , que dejó de publicarse con periodicidad hace un par de años pero persiste como marca y bajo el formato de un festival anual, mientras que el segundo estuvo al frente del semanario Urbe a comienzos de este siglo para luego fundar una revista mensual llamada Urbe Bikini , que al sol de hoy sigue ofreciendo lo que promete su nombre: mujeres, piel y, en menor medida, arena.
Ambos son protagonistas de la movida en la que se enmarcaron los jóvenes venezolanos desde el 2000 hasta el 2006 y aunque es cierto que ninguno se ha alejado completamente de ese nicho, Torrelles y Campos ya son treintañeros hermanados por la duda inevitable de cuál es el público al que quieren hablarle. Tal vez esa es la razón por la que decidieron entrar de lleno en la narrativa, un género que pareciera no exigir tanta claridad a la hora de plantear los posibles lectores, quizás porque ese cuestionamiento ni siquiera es parte del oficio de escribir.
Gabriel Torrelles debutó con Peor que tú (Ediciones Urbe) en el año 2008, dándole un buen espaldarazo promocional a su novela que desembocó en 5.000 ejemplares vendidos durante los primeros 45 días. Se trata de una historia que encuentra en la juventud al gran personaje central, supeditado, por supuesto, a una serie de nombres protagónicos entre los que destaca Barbie. Más que un guiño, haber llamado así a una adolescente contrariada es una declaración de intenciones dentro de una novela llena de elementos pop y fiel seguidora de la apuesta estilística que representan Chuck Palahniuk en Estados Unidos, y Ray Loriga y Montero Glez en España. Torrelles identificó exitosamente la voz de una generación muy particular, la misma a la que le habló desde Urbe , y se sumergió en su falta de dioses, falta de héroes, falta de identidad, falta de ganas de pensar en mañana. Peor que tú , en ese sentido, parece conseguir lo que busca, hablarle a los jóvenes sobre una adolescencia perdida.
Menos definido generacionalmente es el primer libro de Leo Campos, Sexo en mi pueblo , que además forma parte de la selección inicial con la que el sello Puntocero debutó el pasado mes de octubre. Aunque Campos no había concebido estos ocho cuentos como un texto unificado e hilvanado, Internet se encargó de hacer llegar los relatos a la persona indicada en el momento justo. El título es tan explícito como lo que contiene el libro, sexo a secas, de muchas formas, entre mucha gente, en muchas posiciones, de día, de noche y a media tarde. Sexo como fin de una narrativa marcadamente descriptiva en la que Campos persigue abiertamente el fin de provocar. ¿Qué? Probablemente muchas cosas, desde un bostezo hasta una erección.
En clave audiovisual
Hay quienes aseguran que buena parte de la literatura estadounidense se está gestando en los guiones, ya sean de cine o televisión. Y tiene sentido pensarlo, si bien vale la pena ir un poco más allá y preguntarse qué tanto de la literatura contemporánea está exento de influencias audiovisuales. Aunque la mayoría de los escritores seleccionados en estas páginas proyectan en su narrativa ciertas claves cinematográficas, dos han construido su discurso formal e incluso de fondo sobre esas bases.
Ignacio Castillo Cottin es uno de ellos y quizás el caso más sencillo de comprender, pues antes de editar su libro de cuentos Penélope (Literatura Mondadori) estrenó otra ópera prima, pero en el cine: La virgen negra , una proyección del realismo mágico en las costas venezolanas. Yendo hacia atrás, la formación de Castillo también es cinematográfica y sus primeras experiencias como escritor se dieron en el teatro, con tres obras escritas. Por eso no debería sorprender que en Penélope la recreación descriptiva de los espacios y el trabajo de los diálogos sean tan destacados, pero es justo en ese punto donde la sensibilidad de Castillo exige un poco más y elabora un sutil entramado de conflictos en el personaje femenino que le da nombre al libro, bien pensado en su complejidad, ya que Penélope no parece ser una mujer hablando con la voz masculina del autor. Al seguir su vida a través de varios relatos, siempre con una aparente pugna con el olvido, toda ella se convierte en una gran alegoría de la memoria, pero una alegoría ágil, breve y elegante que no se pierde en pretender más de lo que puede ofrecer este autor en su debut editorial.
Lucas García es el segundo de los casos, si bien es importante puntualizar que mientras Castillo proyecta su vena audiovisual como creador, García lo hace como espectador, como el devorador de cómics y televisión que describe su síntesis biográfica en Payback (Puntocero), segundo libro del autor a diez años de su buen debut con Rocanrol .
Payback contiene 15 relatos de diversa extensión, muy independientes el uno del otro, que se proyectan como el recuerdo (que no la añoranza) del imaginario generacional de García, quien comparte un universo de referentes con los cuarentones tempraneros y los treintañeros tardíos, fundamental para poder disfrutar los relatos plenamente. El libro, quizás como lo adelanta el título, es franco y directo como un puñetazo, no busca lecturas laterales ni moralizar ni reivindicar el tiempo pasado sobre el presente. Payback es como una película taquillera de Hollywood en la que el objetivo principal es pasarla bien. Si estos 15 cuentos fueran 15 cortometrajes seguramente no dejarían lugar a ningún bostezo.
Jóvenes e inquietos
Desde el 2005 el nombre de Mario Morenza ha ganado notoriedad en varios círculos literarios y no pocas voces se han animado a destacarlo como uno de los escritores más prometedores de su generación, tal vez porque con 27 años ya muestra un buen dominio del andamiaje narrativo y es un aventajado en lo que se refiere a elaborar estructuras complejas sin sacrificar el ritmo ni el sentido de sus historias. Actualmente tiene dos libros publicados: Pasillos de mi memoria ajena (Monte Ávila Editores) que resultó finalista en el Concurso de Autores Inéditos de la editorial Monte Ávila, y La senda de los diálogos perdidos (Equinoccio), ganador del Premio Nacional Universitario de Literatura, pero en lugar de decantarse por un género lo más justo es decir que Morenza ha tomado el camino de escribir novelas compuestas de cuentos, casi siempre con personajes sólidos donde el protagonismo siempre se lo lleva Caracas. La senda de los diálogos perdidos , donde el desarrollo de lo popular como tema es notable, parece ser la obra trabajada con mayor desvelo y está llena de intertextualidad, además de evidentes guiños a los autores referenciales de Morenza, quien entra en diálogo frecuente con la narrativa del uruguayo Felisberto Hernández. Además de sus dos libros, este caraqueño es uno de los artífices del grupo literario “El Apéndice de Pablo” que, entre otras, tiene forma de revista electrónica a la que se puede acceder desde elapendicedepablo.blogspot.com.
Una sensibilidad de algún modo similar está en los cuentos de buen ritmo de Carlos Ávila, Mujeres recién bañadas (Literatura Mondadori). Nacido apenas en 1980 y formado, aparte de en la escuela de Letras de la UCAB, en los talleres de Luis Barrera Linares y Luis Felipe Castillo, Ávila mira hacia las pensiones, las tascas y los parques donde van como a la deriva los náufragos de sus pequeñas epopeyas bukovskianas. Ahí están Caracas, la Mérida estudiantil de mucha droga y sexo, y los caminos entre una y otra, con muchachas que sucumben a la heroína, ex policías que esperan armados a la muerte por mengua o hippies a destiempo que viven de tropiezo en tropiezo sin que se les quiebre del todo el ánimo. Hay un fuerte impulso erótico a lo largo del libro, y un aire como de que algo malo puede pasar (que de hecho a veces pasa). Mujeres recién bañadas es un notable punto de partida para un narrador que ha decidido, al menos por el momento, sumarse a esa amplia tradición del siglo XX de la cuentística de lo nocturno, una bohemia a la todavía hay quien anhela con romanticismo.
Un registro muy distinto tiene un autor tres años mayor que Ávila, Jesús Nieves Montero: sus varios libros, muy breves, parecen formar parte de un experimento narrativo que empezó hace diez años con Casi un juego y siguió con , Juegos de perdón , todos esos libros de cuentos, y la novela corta Últimos juegos (Pies de barro , otra novela corta, es más reciente). Nieves Montero es una suerte de polígrafo que escribe de muchos temas y en muchas partes y enseña también a escribir a otros, y está muy interesado en una narrativa autorreferencial compuesta por una red de textos que se conectan entre sí, en un intento ambicioso por construir un entorno propio y único para quien quiera iniciarse en él y sepa cómo entrar.
Otro destino recibe la intensa energía de Gabriel Payares (1982), quien debutó hace pocos meses con Cuando bajaron las aguas en Monteávila Editores Latinoamericana, luego de ganar la mención narrativa del premio para Autores Inéditos del sello estatal en 2008. Los diez cuentos que están ahí, de estilo cuidadoso y aplicada adjetivación, tienen una vocación más reflexiva que los autores coetáneos mencionados arriba, más concentrada en escenarios íntimos y dramas individuales. El mismo tono parece de un autor mayor, de alguien cómodamente conectado a la línea de vida de la cuentística venezolana del siglo XX.
En la misma camada de Monteávila salió Ana no duerme , el libro de cuentos de Keila Vall de la Ville. Muy atenta a la naturaleza de los instantes y hábil para comunicar el producto de sus observaciones al respecto, Vall está graduada en Antropología y tiene un currículo muy diverso donde hay varios talleres de escritura. Los aprovechó: sabe plantear momentos y crear atmósferas, mientras intentar entender cómo funcionan los encuentros (y desencuentros) entre hombres y mujeres. Por su parte, la anzoateguense Enza García Arreaza, en Cállate poco a poco (ganador en 2007 del premio para Autores Inéditos de Monteávila) gira en torno a la sexualidad, a la sexualidad femenina, con la incertidumbre, la curiosidad y hasta la violencia que puede atraer, con muy buen uso de la puntuación para hacer pausas, silencios que dejan, inteligentemente, preguntas en el aire.
Tres maduras revelaciones
Krina Ber, Armando Coll y Leonardo Henríquez podrían ser padres de esos escritores y eso lo sentirá el lector que los compare en la diferencia de temas y de referencias, pero, como ellos, llevan poca ficción publicada, que ha llamado de inmediato la atención. Sobre Coll no había por qué sorprenderse, dada su carrera de años como crítico y cronista, pero cuando en la antología de Alfaguara Las voces secretas publicó su cuento “Sobremesa” se creó una fuerte expectativa sobre su talento para la ficción. En atención a eso el mismo sello publicó la novela Close Up , en la que un cronista de sociales y una relacionista pública deambulan por los alrededores de una élite medularmente frívola que jamás los deja entrar del todo. Coll es un narrador de raza, con mucho dominio del idioma, y aquí usa sus habilidades para pintar la Caracas de finales de la llamada “cuarta república”, con sus restaurantes cosmopolitas, sus fiestas bajo iluminados chaguaramos y sus presagios ocultos para la cortina de whisky y crudo ligero.
Pero con Krina Ber sí había más razones para el sobresalto, pues esta narradora tan dotada no tiene al castellano (ni al particular castellano del Caribe) como lengua materna. Arquitecta y ganadora hace pocos años del concurso de cuentos de El Nacional , ella nació en Polonia, creció en Israel, vivió luego en Portugal y Suiza y llegó a Caracas en 1975. Comenzó a publicar cuentos y a ganar concursos después del 2000 y Literatura Mondadori se encargó de su primer libro en solitario, el volumen de cuentos Para no perder el hilo . Sus temas son, para decirlo en breve, las relaciones íntimas en la agobiante ciudad venezolana del presente, y contienen el logro de crear deliberadamente una pantalla entre los personajes y la realidad que de verdad ilustra la confusión con que se vive en estos tiempos.
Finalmente, en un caso que ilustra tanto la abundancia de talento que está haciendo eclosión como la disposición de algunas editoriales para apostar por él, está también en Literatura Mondadori la novela Días misántropos , del cineasta Leonardo Henríquez. Esta novela, de elegante aunque desatada ironía, cuenta las aventuras en varios festivales internacionales de un director de cine que debe lidiar con el deseo ante las mujeres hermosas, la vergüenza propia o ajena, el aburrimiento y, de vez en cuando, el sincero respeto por alguien que valga la pena. Henríquez tiene una larga relación con la literatura y ha hecho al menos dos adaptaciones, Tierna es la noche (del libro homónimo de Francis Scott Fitzgerald) y Sangrador (de Macbeth ), pero nada de eso podía ser garantía de que fuera el narrador fino e inteligente que aparece en esta primera novela suya. Si tendremos más descubrimientos como éste, y como los que hemos reseñado en esta aproximación, pues que siga la efervescencia.
En Esta Edición...