Manrique, Jaime |
- Jaime Manrique: “Soy un buscapleitos”
Rafael Osío Cabrices
Presentada en la más reciente edición del Salón del Libro por la historiadora Inés Quintero, la novela Nuestras vidas son los ríos (Alfaguara) llega por fin a Venezuela, el país donde nació uno de los protagonistas de estas historia, Simón Bolívar. El libro es el relato de una pasión, en primera persona, a cargo de un personaje histórico que Jaime Manrique (Barranquilla, 1949) convirtió en un personaje literario: Manuela Sáenz, la dama quiteña a la que cierta corriente romántica de la historiografía suramericana bautizó como “la Libertadora del Libertador”.
La novela comienza con una Manuela todavía joven, aún casada con el inglés Thorne, que en Lima se prepara para conocer al hombre con el que está obsesionada, el entonces todopoderoso caudillo venezolano cuyos ejércitos vienen expulsando a los realistas desde los cerros de Margarita hasta los barrancos del Perú. Y termina con aquella anciana que conoció Herman Melvilla, recluida con una de sus esclavas en una cabaña en la desértica costa peruana en espera de la epidemia que finalmente la sacará del camino. Entre una escena y otra están los recuerdos segregados por una pasión demoledora y movilizadora, una pasión más fuerte que el compromiso político y que el joven nacionalismo, nacida en un vals e interrumpida sólo por la temprana muerte del héroe, la traición de unos cuantos y un sólido manto de tristeza.
Manrique dice que todo libro es una obsesión, una enfermedad que se cura sólo con la publicación, y que él mismo no entiende por qué llegó a interesarse tanto en Manuela Sáenz. “Me gustan esas mujeres latinas muy valientes que rompen las normas aunque sufran el desprecio de los demás”, explica. “Ella era la imagen viva del escándalo hasta mediados del siglo XX: una mujer casada que abandona a su marido, que hace ver su sensualidad. En todas mis cosas yo trato de ser siempre un poco confrontacional, y la vida de Manuela lo fue también, en su momento. No fue querida en ninguna parte, pero ella hizo lo que quiso hacer”.
Al autor de muchos otros libros, como varios poemarios, la novela Luna latina en Manhattan y el estupendo testimonio Maricones eminentes, no le interesaba volver a contar la vida de Bolívar, sino la de Manuela. “Bolívar me sorprendió al encontrar que era antidemocrático y clasista, que odiaba a Santander porque tenía ancestros indígenas y que no hizo nada por los indios, salvo pedirles perdón por eso al final de su vida. Le parecía monstruoso que lo que él llamaba la pardocracia pudiera asumir el poder, pero al mismo tiempo era un hombre extraordinario, sublime, un ser humano con contradicciones y defectos. Manuela tampoco era perfecta ni mucho menos; mandó a matar un muchacho porque creía que era un espía. Pero los héroes perfectos son muy aburridos.”
La identidad intrascendente
Cuando tenía 16 años, Jaime Manrique emigró con su madre y sus hermanos a Florida, por razones estrictamente económicas. Su notable inteligencia indujo a unos cuantos profesores a ayudar a que ese muchacho hispano tuviera estudios universitarios de calidad. Hoy tiene una sólida carrera académica en Estados Unidos y una obra consolidada, en gran parte hecha en inglés. “Comencé a escribir en inglés porque era muy difícil esperar que alguna editorial se tomara el trabajo de traducir mi obra, y porque vi que me iba a quedar en Estados Unidos por mucho tiempo. Vivir allá no fue una decisión mía sino de mi madre, así como escribir en inglés ha sido una decisión práctica: sigo escribiendo en español mi poesía”. Presenció el ascenso de la contracultura y la consolidación de la comunidad gay en Nueva York en los años 70 y 80, dentro de la que estableció una entrañable y larga amistad con Manuel Puig, probablemente su influencia principal como artista, y, más tarde, una menos cercana con Reinaldo Arenas.
Tiene la ciudadanía estadounidense y la colombiana, escribe sobre todo en inglés, pero no cree que la identidad, el definir una identidad como artista y como ser humano, sea algo que le preocupe. “Parece que le preocupa a los demás, pero a mí no. Yo soy producto de mi historia personal, de lo que me ha traído el destino. Cuando voy a Colombia me dicen que soy gringo, pero yo no siento para nada que lo sea ni que alguna vez llegaré a serlo. Eso de no ser considerado en verdad parte de ningún lugar es doloroso, pero como hace Junot Díaz, te permite lograr cosas muy interesantes como escritor. A mí me interesa muchísimo la literatura que están haciendo los hispanos en Estados Unidos. Una de las cosas que hace la literatura es mostrar cosas a los demás que no conoce, zonas desconocidas, y la obra de Díaz o de tantos otros lo está haciendo al manejar temas candentes que los blancos no tocan, como la violencia en las calles o los problemas de los inmigrantes. Algo similar ocurre con la literatura de los negros”.
Si alguna identidad tiene, es la que se desprende de esa obra no sólo culturalmente diversa sino marcada por un discurso de reivindicación social y de su identidad sexual. “Yo lo que soy es un buscapleitos. No me leo a mí mismo, así que no tengo idea de lo que hay en mi obra, pero en mi vida privada siempre soy así, y en Estados Unidos siempre me meto en líos porque digo lo que pienso. A lo mejor eso hace parte de mi obra, y el pertenecer a una generación de tirapiedras. La literatura le tira piedras a todo lo que pretende diluir la libertad humana. Es lo que he hecho desde que comencé a escribir y sólo así me interesa”.
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