Torres, Héctor |
- “El amor es un acto de fe”
Marcel Ventura
Un hombre de hombros caídos, un hombre adscrito al fracaso, Mario, cuarentón, divorciado. Una muchacha con su mirada como discurso, una muchacha que deja de reconocerse adolescente para asumirse mujer, Karla, precipicio de Mario y florecer de sí misma. Una adolescente enternecedora, una hija extraña para su padre, Gabriela, bisagra de un sube y baja suicida. Tres vértices de la excusa de Héctor Torres para cincelar el alma de una historia.
La huella del bisonte (Norma) es una novela que rasga en los conflictos morales de una relación que sólo puede existir en lo efímero. Y quizás ni siquiera trata del amor, sino que busca con más insistencia narrar el enamoramiento, la intuición del otro y la eterna ventaja que tiene la mujer a través de lo aparencial. Héctor ya se adentró en este tema el año pasado con el libro de relatos El amor en tres platos (Equinoccio), pero la naturaleza de La huella del bisonte está en otro ámbito. Ocho reescrituras y una larga investigación de campo con la observación y la propia experiencia como metodología convierten a la novela de Héctor Torres en un muy buen aporte a nuestra literatura, la misma que él lleva apoyando consecuentemente desde hace años mediante la página de internet Ficción Breve Venezolana, la Semana de la Narrativa Urbana y el Concurso de Cuentos de la Policlínica Metropolitana, tres de los proyectos más importantes en los que está involucrado.
La novela se desarrolla en la Caracas de los tardíos años 80 y cuenta la historia de Mario, quien en su intento por recuperar la relación con su hija Gabriela conoce a una amiga de ésta, Karla, una adolescente que está descubriendo su sexualidad y se encuentra en el límite de la inocencia perdida. Lo que pasa luego de que Mario y Karla se conocen puede ser más o menos intuido, pero con el matiz que Héctor Torres adelanta como quintaesencia del encuentro de ambos personajes: “Lo dramático es que Karla puede pasar por la vida de Mario y salir indemne. Él no.”
- ¿Cuál es la sinopsis que tú harías de La huella del bisonte?
- Como toda novela, supongo que es una aventura en la que cada lector consigue signos distintos en función de sus propias búsquedas y sus propias experiencias. La huella del bisonte es una intensa reflexión sobre el hecho de que el amor es un acto de fe porque nunca sabemos qué hay tras las palabras del otro. El ser humano sale a buscar por instinto, sin tener claro lo que está buscando. Nos involucramos en relaciones, intensas o no, donde apostamos mucho y lo neurótico de la relación en pareja viene porque nuestros propios instintos nos llevan a querer permanecer, a querer colonizar emocionalmente al otro, aunque sobre ese querer permanecer nunca tenemos certeza alguna. Lo difícil de la historia es definir qué ocurre allí. Yo creo que el amor es uno de los pocos temas que realmente no se agotan. La economía, el petróleo, la política pueden darnos ciertas nociones objetivas cuando leemos la prensa, pero las cosas que realmente nos importan y no salen en la prensa son nuestro tema recurrente del día a día. Ahí no hay certeza que valga y seguramente por eso jamás podrán estar en un periódico.
- Y Mario, que adolece del vacío, ¿necesita asirse a Karla como única certeza posible, más allá del titubeo constante que es el amor?
- Sí, de alguna manera es eso, pero sobre todo visto como el pretexto que él se da a sí mismo, porque nosotros solemos explicarnos con razonamientos morales, económicos e incluso lógicos la atracción física, que es un hecho meramente instintivo e incluso químico, algo que nos trae mucho pesar y dolor porque no hay manera de explicar lógicamente lo que sentimos hacia los demás. Entonces él comienza a justificar la presencia de ella tras el hecho de que está escribiendo sobre un personaje que se parece a Karla y por ese camino se va sintiendo prendado de esas formas, se aferra a formas que por definición son cambiantes, las formas tanto físicas como de carácter de cualquier adolescente. Eso es lo más dramático de la historia de Mario.
- En el libro insinúas varias veces que el amor es la intuición que nos queda de las personas, no una idea concreta y sólida sino una mera intuición.
- Definitivamente el amor es eso, porque nos aferramos a cosas que son muy pasajeras. Nosotros mismos le damos condiciones y valores a significados vacíos. Muchas veces quedamos prendados en la calle de un pie dentro de una sandalia y pasa el pie y pasa la sandalia y, aunque no recordamos ninguno de los dos, nos queda la sensación, quedamos atrapados en eso que de algún modo es lo que le ocurre a Mario.
- ¿Qué encierra la alegoría “la huella del bisonte”?
- No quisiera delatar el final de la historia, pero de alguna manera se refiere a uno de los símbolos más ancestrales que tenemos, eso de que el hombre pintó o grabó bisontes. Ahora, ¿por qué el hombre hizo eso? Una de las posibilidades es que lo grabó para aquietarlo, como una forma de controlar el terror que le producía ver algo en movimiento que no podría controlar. A partir de esa posibilidad de por qué el hombre grababa bisontes se plantea el marco de esta historia: necesitamos fijar al amor para perder un poco la incertidumbre.
- La historia de estos amores separados por el abismo de la edad, de amores, si se quiere, imposibles, ya ha sido contada muchas veces, ¿cómo afrontaste eso a la hora de escribir el libro? ¿Cuál fue la importancia de la construcción de los personajes para darle su propia identidad a la obra?
- De entrada tengo la ventaja de que son pocos personajes, había que dibujarlos muy bien y son sólo tres, quizás el cuarto es el amigo de Mario, quien tiene una determinación psicológica bastante clara. De ahí en adelante los demás son más difusos, son casi referencias. Esto es el producto de un estudio que me tomó mucho tiempo. Desde el primer momento de la concepción esta novela probablemente tiene ocho reescrituras que han abarcado muchos años. Empezó como un cuento muy largo que fue creciendo, se convirtió en noveleta y así hasta lo que es actualmente. La propia intensividad de la historia me obligó a ampliar el marco de acción, a que los personajes pudieran desarrollarse más a través de acciones triviales que no inciden en la trama necesariamente, pero que ayudan a comprender mucho mejor a cada uno. Comienzas a pensar “Karla haría algo como esto”, “Gabriela haría tal cosa” y así vas depurando a los personajes.
- Y observando, como un buen voyeur.
- Sin duda, hay mucho de eso dentro de la novela. De hecho yo creo que Gabriela y Karla, los dos personajes femeninos del libro, son las dos caras entre las que se maneja la psiquis de la mujer, desde la solidaridad hermosa que nos ofrece un apoyo constante y ese amor incondicional, que es representado por Gabriela, hasta alguien que es capaz de utilizar todo lo que esté a su alcance para lograr el dominio del otro, es decir, Karla. Digamos que esos son los dos extremos que abarcan a la psiquis femenina.
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- Bibliografía
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