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De la Nuez,
Sebastián

Más que historias sobre periodismo


Kairine Torrealba Arcia

Calles de lluvia, cuartos de pensión es una colección de trece relatos que nacen de casi 30 años de ejercicio del periodismo. Sebastián de La Nuez retrata en sus páginas a hombres que son arte y parte del sufrimiento de una ciudad caótica y su historia de decadencia. Ya antes había publicado el reportaje Déjalo sangrar, sobre el llamado caso de la viuda negra, en el estado Aragua, y la semblanza de la ex primera dama de la República, Marisabel, la historia te absolverá.
Ahora se asoma a la literatura sobre una plataforma forjada con la práctica periodística. Su pluma se desliza por los caminos de la muerte, las calles, el erotismo, los bares, el palangrismo y los salones de conferencia de los malogrados bancos de la crisis financiera de 1994. Ese manojo de cuentos, a veces entrelazados y a veces lejanos, recibió de un jurado integrado por Karl Krispin, Marco Negrón y Michaelle Ascencio el Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana del año 2006.
– ¿Todo es ficción en los relatos de Calles de lluvia, cuartos de pensión?
– No. No puede ser todo ficción. Hay situaciones que he visto en la calle, así como hay cosas que he pensado y que he dejado en una penumbra del cerebro o del corazón. Son hechos que se viven cuando se ejerce el periodismo de la manera más eficiente posible. Experiencias que no se expresan de buenas a primeras en cualquier texto, porque actuamos como un testigo ecuánime de la realidad que tiene todos los datos en la mano. Pero de todas esas experiencias queda un substrato, aunque se trate de liberar en lo que se escribe, con comentarios, subjetividades a flor de piel o ideas entre líneas, esa huella siempre queda.
– ¿Cómo pasó de sentirse impresionado por situaciones cotidianas del ejercicio de su profesión a la decisión de llevarlas a un libro?
–Las ideas van surgiendo a partir de algún texto publicado. En el libro hay partes extraídas de notas publicadas que yo escribí. Ahí están reseñas de cine reales que escribí en El Universal, aunque algunas están ligeramente modificadas. En el cuento La confesión, relato una revelación real que me hizo un asesino. Parto de noticias que elaboré cuando era reportero de El Diario de Caracas, para contar algún suceso violento. Fui reportero en todas las fuentes, en mis primeros años como profesional. Tomás Eloy Martínez me mandaba a cubrir pautas inesperadas. Todo era bastante arbitrario, pero me considero afortunado por eso.
–Los relatos abundan en descripciones, imágenes y sensaciones. En ocasiones parece que se pueden oler los aromas y sentir el calor sofocante de la ciudad. ¿En su opinión tienen más de cuento o de crónica?
–En realidad, esos relatos nacieron de crónicas o de la idea que tenemos de lo que es una crónica que surge del oficio del periodista. Estoy de acuerdo con el escritor colombiano Plinio Apuleyo Mendoza: haciendo buen periodismo se puede hacer, de cierta manera, literatura. La literatura y el periodismo pueden unirse en la narración de un hecho particular, de una historia o de un personaje que pueda retratar una sociedad, un tiempo o una época. Se puede plasmar un detalle con una maestría capaz de encontrar lo que hay de profundo, de humano y de común con otras experiencias. Así se logra decir algo más de aquello que en principio fue el motivo de la noticia, del reportaje o de la crónica. Tuve la suerte de que nadie me obligó a limitarme a los hechos o a lo que registraba en mi grabadora. Lo que hay en Calles de lluvia, cuartos de pensión es el training que me dio el hecho de haberme dado ese lujo, pero está escrito de una manera desmedida. Avancé mucho más allá y, al hacerlo, empecé a inventar o exageré para poner en evidencia algo, contando historias a través de metáforas.
–En algunos relatos se hace referencia directa a la falta de ética, la corrupción y, en general, a la carencia de compromiso de algunos periodistas. ¿Tiene eso alguna relación con el trabajo que realizó hasta hace poco como defensor del lector en el diario Últimas Noticias?
–No hay ninguna relación. No podría vincular una cosa directamente con la otra. Mi conclusión como defensor del lector es que el lector venezolano no sabía para qué servía esa figura, y luego se fue acostumbrando. Hubo algunos correos o llamadas con críticas que venían al caso, que eran muy constructivas. Pero la mayoría de los lectores no perciben cuando los están manipulando, o cuando un trabajo no tiene ningún equilibrio o se atenta contra alguno de sus derechos fundamentales. No me queda muy buen concepto del lector venezolano, al menos en el caso de quienes leen el diario Últimas Noticias. No le veo mucha utilidad a una figura como esa. En Hablando sobre Mr. Carver y en otros cuentos del libro se presenta el problema de la responsabilidad de quien escribe en los periódicos. La conciencia del periodista se desdobla y él mismo se manda cartas para reclamarse y preguntarse de dónde saca las informaciones que publica. Lo mismo ocurre con el periodista que tiene pesadillas con los muertos por el tratamiento que les da en la sección de sucesos.
–Además de historias relacionadas con el periodismo cuenta historias íntimas. ¿Es Maica y los insectos una historia personal donde cuenta sus fantasías eróticas con una tesista?
–Es una mezcla de ficción y realidad. Ella es una chica que tiene algo muy caribeño, caliente, primitivo, y no lo sabe. Tiene ese erotismo que no sé si es típico, pero que es muy propio de mujeres del Caribe o que uno asocia con el Caribe. Es un poco brutal. Ella no está consciente de eso. Ni siquiera lo utiliza. Tiene un gran erotismo, pero no tiene la sensibilidad o finura para notarlo. Intuitivamente, tiene que ver con el trabajo de tesis que hizo en una cárcel donde no hay límites ni moral. Me pregunté qué hay de eso también en ella. En el cuento, sueño que me la llevo a Chuao, y tomé una crónica que había hecho para la revista Estampas. En Chuao había mucho hedonismo. Una noche de baile de tambores, era evidente que las parejas pautaban citas de amor. Lo asocié con ella y con su trabajo de tesis que, de alguna manera, era algo muy primitivo en el sentido de que es puro cuerpo y puro gesto. No es inteligencia, sino una intuición tremenda que abofetea y despierta todos los sueños eróticos posibles.
–¿Por qué las referencias que hace a la mujer siempre giran en torno a traiciones, bares, deseo y sexo, además de figurar como las causantes de las tragedias masculinas?
–Lo que puede haber es un reclamo a las mujeres. Hay cierta revancha porque me han dejado, porque no me han querido lo suficiente, por todas esas cosas que le hacen las mujeres a los hombres. Queda un regusto a frustración en los hombres que padecen por ellas en los relatos. Ellos podrían ser mejores si tuvieran una mujer que los quisiera. Si lo analizo, es un reclamo porque la mujer tiene mucho poder y hubiera podido hacer que no se suicidara el taxista. Después de todo, es un abandono. Rusia también es la causante de la frustración del periodista porque no evita que sufra haciendo el terrible trabajo que le toca hacer sobre la crisis bancaria de 1994. Teniendo tanto poder, ¿por qué no los ayudan más? Esos hombres son unos desvalidos. Uno también se ha sentido así.
–¿ Por qué decidió concursar por el Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana?
–Uno toma una decisión como esa porque nunca sabe si lo que escribe es bueno. Nunca está seguro, y necesita cotejar opiniones. Que alguien te diga si está bien, mal o regular. Era una forma de hacerlo para poder seguir o para poder dejarlo, porque uno puede dejar lo que hace cuando ve que no tiene éxito. Salió el concurso y yo estaba terminando las historias. Me cayó como anillo al dedo.
–¿Tiene un nuevo proyecto?
–El periodismo o la literatura deberían reflejar el caos que vive el país. Me pregunto si los venezolanos tenemos la capacidad para retratar el horror y la anarquía actual. Esa cantidad de muertos. Colombia es un país que vive el horror de una guerra civil, pero saben retratarse a sí mismos en libros y reportajes. Aquí no lo hacemos. Aquí los muertos no tienen carne. Como en el primer cuento de mi libro, no tienen historia. Son un número, una estadística. No sé si tenemos la capacidad para retratar eso de manera vívida, testimonial y humana. Me gustaría que en los periódicos se reflejara en reportajes y crónicas donde los muertos tengan carne y vida. Eso es lo que quiero hacer ahora.
 
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