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Romero,
Alexis

AUTORES Alexis Romero: “Escribo para tener esperanza”

Rafael Osío Cabrices

Alexis Romero nunca grita. Su conversación es categórica pero a bajo volumen; su voz es grave y lenta, como la de un monje zen: de hecho hay budismo en su visión de las cosas, en su propio aspecto de lama oriental que se arremanga para trabajar cada día y hasta en su firma, que suele escribir en minúsculas, como el poeta e. e. cummings. Él no participa de la inflación de las palabras, de nuestro continuo derroche de ellas; él las cuida y las distribuye de modo muy concienzudo y ahorrativo, porque para él valen mucho, muchísimo, y sin embargo no lo son todo: también están los silencios. “Hablar demasiado obstruye el oído”, dice Romero. “A veces tenemos que recordar eso”.
Pero qué difícil es encontrar silencio en la ciudad de Caracas. Ahí es el bien más escaso de todos cuantos faltan, y en un café muy cercano a la librería que Romero maneja (Templo Interno, en el Centro Plaza), donde se va tejiendo su diálogo con El Librero, lo rodean las voces de los contertulios que ven acercarse el referendo del 15 de febrero como un huracán, las corneteos de los motorizados que atraviesan los Palos Grandes en pocos minutos, las sirenas de ambulancias, patrullas y carros de bomberos de una ciudad que vive en continua emergencia.
Ya tiene unos cuantos libros publicados Alexis Romero, docente de docentes y especialista en gerencia del conocimiento, pero sobre todo poeta. En 2000, con Los tallos de los falsos equilibrios, ganó el premio internacional de poesía de la XIII Bienal José Antonio Ramos Sucre. Con Demolición de los días (Fundación para la Cultura Urbana) y La respuesta de los techos (Equinoccio), vuelve a las librerías seis años después de Cuaderno de mujer. Varios poemas suyos han sido traducidos a media docena de idiomas e incluidos en distintas antologías de poesía iberoamericana.
- ¿Cómo llegas a un poema? ¿Cómo ocurre ese proceso de destilación que al final produce este texto donde no sólo hay palabra sino también silencio, donde se siente la huella de lo que se extrajo o lo que no se dijo?
- Yo digo que he llegado a un poema cuando ha ocurrido una musicalidad.
- Lo escuchas.
- Sí. Lo que confirma que es poema está listo no es el tema, no es la anécdota, sino una tensión sonora. En Demolición de los días hay uno que asoma eso; busco la tensión sonora entre lo que dice la tubería de aguas blancas y lo que dice la tubería de aguas negras. Y esa musicalidad proviene del lenguaje, no de las palabras solas. Tengo claro que no es con palabras como se construye un poema, sino con lenguaje: tengo la convicción personal de que lo que yo vivo no basta para producir lenguaje. A lo sumo, lo que produce es palabras. Y eso me lleva a enmascararme de patólogo para examinar la tradición literaria.
- Pero un patólogo examina un cuerpo muerto.
- Sí, porque sabe que detrás de lo muerto hay significados de vida.
- ¿Puede servir la poesía como una bitácora de navegación por el presente? Es decir, ¿cómo producir poesía frente a la militante mediocridad de nuestra vida pública, frente al espectáculo de mentira y horror en que se convirtió este país?
- Hay que tener una mirada cenital. Reconoces lo que está pasando, vives entre lo que está pasando, pero con una especie de sistema de alerta, que entre tanta barbarie permita intuir la esperanza. De hecho, escribo para tener esperanza. Es la esperanza lo que me mantiene a salvo en ese paisaje que describiste.
- ¿Cuán comprensible puede o debe ser un poema? ¿Cuál es el propósito de esa opacidad deliberada que hay en los tuyos y en los de otros poetas?
- No sé si es opacidad deliberada o si es ausencia de escándalo. Un poema debe estar vacío de los elementos que definen a una noticia, un poema no es una noticia. Tengo la impresión de que es una especie de residuo sagrado. Lo que llamamos un poema opaco, un poema sin luz, no es un poema. Pero me gusta ese término de opacidad deliberada en tanto signifique humildad, silencio, ausencia de pretensiones. Lo asocio a un asombro sin intención.
- “Entre nombrar y decir hay un desierto”, dice un verso de “Elegía a los gatos de Cortázar”, en Respuesta de los techos. ¿De qué está hecho ese desierto?
- Ese desierto está hecho de revelaciones. De oír. De renuncias. De una restitución de lo perdido. En ese desierto está el marcharse. Todas esas expresiones que están allí están relacionadas con el lenguaje; en mi caso, ese desierto es el único lugar en el que me convierto en un asesino de mí mismo. Y esto lo digo pensando en Wittgenstein: lo que asesino en mí es lo que no creo que es lenguaje. A partir de allí busco prepararme para recibir un lenguaje que siempre ha estado.
- Es un retiro, apartarte del ruido para encontrar ese lenguaje dentro de ti.
- Es un retiro del ruido del lenguaje, no del de la calle: me interesa el ruido de las avenidas, de los centros comerciales, el ruido que produce el vecino. Fíjate que he dicho que me preparo para recibir: tengo claro que mi experiencia con la poesía tiene que ver con la continuidad; escribo para continuar algo que ya sucedió, y quizás la pregunta que más me acose, que más me asedie, sea qué fue eso que sucedió, que yo insisto en hacer que continúe. Estoy seguro de que si llego a obtener la respuesta a esa pregunta, entonces no volveré a escribir más.
- No quiero caer en el tópico del “compromiso”: ya hay bastantes poetas “comprometidos” cobrando sobreprecios o alimentando un autoritarismo con su degeneración. Pero me pregunto si tiene sentido preguntarte si un poeta debe, en tu opinión, pronunciarse sobre la realidad que lo circunda. ¿Hay un costado político en un poeta?
- Un escritor no debe vaciar al lenguaje de la dignidad que tiene. En el caso venezolano, estamos viviendo una profanación, una violación del lenguaje. ¿Cuándo ocurre esa violación? Cuando disfrazamos al silencio con la mudez. Esa es la cara de la indiferencia, del aprovechamiento, de la corrupción. Un poeta es un ciudadano más y eso significa que le es inevitable asumir una posición política. Para un escritor, el ejercicio de la política es un ejercicio moral. ¿Cómo puedes hacer poesía sin involucrarte con la realidad que te tocó vivir? Porque te tocó vivirla, no la eliges. No sé si es anacrónico esto, pero me parece que los escritores no pueden ser voceros de la barbarie. Sospecho demasiado de los escritores que consideran que la poesía está por encima de la política y de la vida diaria de la gente. Un poeta jamás es neutral, porque estaría violentando la dignidad. Un poeta verdadero siempre está en contra de las tiranías, tengan o no rostro democrático. En mi caso, no me interesa lo escrito por poetas que han estado al servicio del mal. Y esto que estoy diciendo es una posición política. Esto también es el desierto.
- ¿Cómo ayuda la poesía a reconstruir el lenguaje en una sociedad en la que tantas palabras fundamentales –palabras que le dan a esa sociedad su fundamento- han perdido sus significados?
- Existiendo. La poesía carece de finalidad. Le basta con existir porque es una fuente: una fuente no tiene finalidad, está allí. No me imagino una pieza de Mozart o de Phillip Glass cargada de finalidad social. Existe para producir un asombro, y cada sociedad debe prepararse para ser asombrada. Presiento que nosotros, como sociedad, no lo estamos; vivimos ahora en una cultura de la indiferencia, donde todo acontecimiento está a un mismo nivel espiritual, emocional. Y es allí donde quien se tope con la poesía recibirá algo, y ese algo es el lenguaje. Ningún poeta verdadero, nos lo dice la historia viva de la poesía, se sienta y escribe un poema con la intención de producir un determinado cambio en la sociedad. Pienso en Milosz, en Montejo y en Cadenas, a quienes sus sociedades han visto como ejemplares espirituales que hay que escuchar. Ninguno de ellos escribió para denunciar ni cambiar a nadie. Vuelvo a Milosz por el tema del poema como una descripción de la realidad: quien describe la realidad asume una posición de vida, no de muerte, dentro de ella.
- “Los lugares del poema / no son los lugares del desierto /. Los lugares del poema / son los lugares del poema”. ¿Es la poesía una casa, una isla, una patria flotante? ¿Te guareces tú en ella como el explorador de una costa desconocida que vuelve a su barco cada crepúsculo para pasar la noche en él?
- Sí, me alojo en ella para poder salir a la calle. Me alojo en el lenguaje. Hemos estado hablando demasiado en estos años, y hemos aniquilado el escuchar, hemos aniquilado la prudencia. Hay una agonía de la cortesía. La poesía no es una isla, sin embargo; no es un lugar donde la gente vive aislada. Me gusta pensarla como una casa andante, un espacio que tiene las puertas abiertas, que da la bienvenida, que convoca y ejerce el diálogo. Sé que lo que digo es una barbaridad, pero la poesía no es la casa del misántropo, del ermitaño. Desde el punto de vista de mi generación, los que nacimos en los 60, la poesía no es un lugar de inadaptación, sino de convivencia. La analogía más cercana es la poesía como nuestro propio país, Venezuela, adonde puede llegar cualquiera y hacerse un lugar para vivir. Vivimos la poesía como un lugar donde se puede vivir.
 
Bibliografía

Demolición de los días

 
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