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Abad Faciolince,
Héctor

El drama de una familia es el drama de un país



Rafael Osío Cabrices

Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1949) goza de la rarísima condición de ser un escritor respetado por la crítica y apreciado en las cajas registradoras de las librerías colombianas, y también de América Latina. Novelas suyas como Asuntos de un hidalgo disoluto y Angosta, o textos más bien fronterizos en cuanto a géneros como Tratado de culinaria para mujeres tristes y Oriente empieza en El Cairo lo han consolidado como un autor consistente, seguido por sus lectores y apreciado por los medios. En estos momentos radicado en Berlín, donde disfruta de una beca para narradores, Abad Faciolince ha dado varias vueltas por este mundo: de muy joven se fue a Italia para terminar, luego de varios intentos una carrera universitaria, y apenas volvió le tocó vivir un suceso que partió su vida en dos, el asesinato, en una calle de la capital antioqueña, de su padre, el médico sanitarista y activista por los derechos humanos Héctor Abad Gómez, a quien sicarios contratados por el extinto líder paramilitar Carlos Castaño abatieron para que no siguiera denunciando las matanzas de sindicalistas y vecinos.
El crimen hizo que Abad Faciolince volviera de inmediato al exilio, para salvar su propia vida, y ensombreció e iluminó, al mismo tiempo, su mirada sobre los asuntos de Colombia y el mundo, presente no sólo en sus libros sino también en su abundante producción como articulista. Ahora, en El olvido que seremos, Abad Faciolince se asoma sin rodeos al pozo de ese recuerdo trágico, a la oscuridad de la escena de su amado padre muerto a tiros por haber defendido sus valores. Y en el camino, cuenta la historia de su familia, es que también la de la Colombia moderna, con sus atávicos conflictos entre liberales y conservadores, o más bien entre asesinos y pacíficos.
-Dices en el libro que por unos 20 años no pudiste contar, escribir esta historia. ¿Qué ocurrió para que al fin pudieras hacerlo?
-Finalmente encontré un tono. Había ensayado contarla de varias maneras, más o menos noveladas, y me pasaba que o me trancaba porque me conmovía demasiado, o no me gustaba lo que me salía porque me parecía pobre, o lacrimoso. Llegó un momento en que me empezó a darme miedo de que me pasara algo. Dejé de ser joven, dejé de sentirme inmortal como hace uno cuando es joven, y con eso la certeza de que podía morirme sin haber hecho este libro. También sucedió que ya no estaba tan triste; antes, la tristeza era tan grande que cuando escribía lo que me salía era algo que podía dar lástima, y dar lástima es lo último que quiero. Quería escribir una historia muy simple, para un lector muy corriente. Para un tema tan familiar, quería una escritura muy familiar, sin impostar la voz; quería el mismo tono que puedo usar para hablar con mi mamá o mis hermanas, casi en antioqueño.
-Más allá de su carácter autobiográfico, ¿en qué se distingue este libro del resto de tu obra?
-Todos mis libros están muy basados en la experiencia, pero en los otros la experiencia está reelaborada, se disfraza, se esconde en otras cosas. Mis otros libros son para salirme de la realidad, para aproximarme a ella de una manera diferente. Aquí ni siquiera me preocupa tanto que el libro esté bien escrito, o que me digan que es bueno o malo. Es un libro tan importante que para mí es como anterior a la estética. Quiero decir, el estilo no era lo que más me preocupaba. Es algo muy íntimo que quise compartir con todo el mundo, y para que mis hijos supieran de dónde viene, para que sepan por qué hay gente en Colombia que los quiere gratuitamente, sólo porque son nietos de mi padre, y por qué hay gente también que los odia sólo por la misma razón, porque son nietos de Héctor Abad Gómez. Quería que ellos supieran quién fue su abuelo, y por qué soy un padre tan aprensivo, por qué le temo tanto a los lunares. También escribí este libro un poco para explicarme, para tener conciencia de la precariedad de la existencia, para tener conciencia de que mi vida forma parte de una línea que se remonta hacia mis padres y abuelos, y que continuará luego de que yo muera, con mis hijos y nietos.
-Un tema muy clásico, la fugacidad de la existencia. Muy de los romanos o los aztecas.
-Claro, pero que no pensamos mucho en Colombia, donde no miramos a la muerte, donde quemamos a los muertos apenas mueren. Mi papá hablaba mucho de su propia muerte, y me llevaba a conocer cadáveres. El día en que lo mataron llevaba en el bolsillo un poema de Borges sobre la muerte que había copiado (cuyo primer verso es el título del libro, “el olvido que seremos”). Empecé a escribir este libro porque empecé a sentir como él sentía. Con los años, mi vida individual ha ido pareciéndome menos importante, porque pienso cada vez más en la cadena de la vida a la que pertenezco, y la posibilidad de morirme ya no me parece tan grave. Ahora entiendo más por qué mi padre se sacrificó.
-¿Por qué crees que El olvido que seremos ha tenido tanto éxito en Colombia? ¿Tuvo algo que ver que la historia de tu padre, asesinado por los paramilitares, haya llamado más la atención en momentos en que estallaba el escándalo de los políticos asociados a las autodefensas?
-Fue una coincidencia que el libro saliera mientras estallaba el escándalo. No podíamos saber que eso iba a pasar. El editor y yo habíamos hablado de sacar un tiraje de 5.000 ejemplares, pero aún antes de que éstos salieran a la calle ya había librerías pidiendo más, y no entendíamos por qué. En Colombia hay una saturación de libros sobre los matones; libros dictados por paramilitares o guerrilleros en los que hablan de todos sus crímenes y los justifican. Hay hampones literatos y literatos que escriben sobre los hampones. Así que un libro sobre las víctimas, sobre gente de la provincia que se levanta todos los días temprano para ir a trabajar y que no roba, un libro que dice que es posible que haya padres responsables y buenos y no sólo madres, padres que tengan una relación decente con su hijo … pues es un poco como sacar la cabeza del pantano, como decir que en este rincón tropical también hay cosas dignas. Parece que al escribir ese libro pude hablar por mucha gente. Debe ser por eso que lleva (al 15 de marzo) 17 semanas en la lista de los más vendidos y más de 40.000 ejemplares. He recibido muchas muestras de apoyo. Hasta de los curas he tenido buenos comentarios; supe incluso que el capellán de una universidad católica lo recomendó en un sermón.
-Y eso que varios miembros de la Iglesia salen muy mal parados en la historia.
-Sí, pero como no digo mentiras, e incluso menciono las cosas malas que tenía también mi padre … yo evito siempre las verdades maniqueas. Ser escritor consiste en tratar de ponerse siempre en los pantalones del otro, en determinar por qué el otro piensa o actúa de determinada manera.
-¿Te parece que la sociedad colombiana tiene problemas similares a los que tuviste para hablar de lo que ha pasado?
-No hemos sido capaces de encarar la verdad descarnada. No hemos sido capaces de encarar el de que la izquierda supuestamente democrática dio la espalda durante años al hecho de que la guerrilla estaba secuestrando y matando gente inocente, en lugar de condenarlo como una aberración moral. No hemos sido capaces de encarar el que varios empresarios apoyaron directamente el proyecto paramilitar. Eso ha producido esta anomalía colombiana, el que seamos el único país que tiene tres ejércitos irregulares enemigos entre sí, todo contaminado por la droga. La nuestra es una sociedad que, como no habla, ha perdido el temple ético. Ahora como que hay unos atisbos de que se ha ido perdiendo alguna tolerancia frente a las atrocidades, de que la sociedad está menos indulgente con los matones. Pero todavía parece que no hubiera asimilado el criterio de lo que se puede hacer y lo que no, lo que es bueno y lo que es malo. Pervive también la creencia de que los problemas se pueden arreglar con medidas radicales, como exterminar al contrario. Colombia sigue siendo un país muy descompuesto.
-¿Ha ayudado el escándalo de la “parapolítica” a reducir esa tolerancia frente al crimen, al destapar la olla de cómo el crimen ha penetrado hasta los círculos cercanos al presidente Uribe?
-Seguimos en un terreno de verdades parciales. Los paramilitares empiezan a confesar cosas, pero cuando hablan de sus aliados militares sólo se refieren a oficiales presos o muertos, como si ya no tuvieran como amigos a oficiales activos. Sin embargo, no creo que sea conveniente que el país asuma una obsesión moral y vea maldad en todas partes. No creo que haya que arrasar ahora con todo lo que hay, ver mugre en todas las instituciones y destruirlas. En el caso de los paramilitares, creo que muchas víctimas estamos dispuestas a aceptar una pena judicial baja, no seguir con eso de “¡que se pudran en la cárcel!” que algunos defienden. Eso sí: sería inaceptable que no se dijera toda la verdad, hasta el fondo. Unamuno decía que no hay más justicia que la verdad. La verdad debe saberse, y que haya un rechazo ético profundo, pero que no se rompa todo el país. Que aunque haya una dosis baja de justicia, haya una alta dosis de verdad. Más que abrir 100 cárceles, que haya una fuerte condena moral. Tampoco podemos decir que Uribe es un paramilitar mientras no haya pruebas que lo señalen como tal, ni siquiera porque tenga unos aliados asquerosos.
-¿Tienes claro en qué medida la historia de tu familia y la figura de tu padre han condicionado tu trabajo?
-Soy ateo, pero creo que la idea de Dios que tienen muchos se parece a la de un padre que te dice qué es bueno y qué es malo. El padre crea en uno una ética. Las experiencias tempranas se graban con tinta indeleble. No estoy de acuerdo con todo lo que mi papá decía, pero es un referente permanente. Cuando la gente me acusa de derechista porque no digo que Uribe es un paramilitar asqueroso, recuerdo que a él le pasaba algo parecido con la izquierda de entonces. Yo no traiciono su memoria, como han llegado a decirme, sino que continúo su tradición de tolerancia, sin tener su bondad ni su fe en los seres humanos.
-¿Escribir sirve para manejar el dolor?
-Sí. Escribir, como leer, escuchar música o pasear por el campo, es para mí una actividad de redención. Me aclara las ideas y me dota de un norte, una serenidad que es benéfica para mi personalidad. Puede que no sea igual para todos, y yo mismo escribo a veces con mucha dificultad, pero cuando termino quedo con una sensación de alegría.
-¿Y terminar El olvido que seremos te dejó esa sensación?
-Sí. Tanto que por un tiempo creí que no volvería a escribir, que me había librado de la necesidad de hacerlo.
 
Bibliografía

Oriente empieza en El Cairo

 
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