Valdés , Zoé |
- “El exilio me ha impulsado a recuperar a mi país”
- Jonathan Reverón
- Nació en 1959, exactamente cuatro meses después de la fecha en que la historia registra el triunfo de la revolución cubana. A pesar de la distancia no olvida La Habana, como dice la canción que ella misma cita en su celebrada novela Te di la vida entera que en 1996 la convirtió en finalista del Premio Planeta. Otros títulos como Café Nostalgia, La eternidad del instante, La Nada cotidiana o Lobas de Mar son responsables de diversos laureles en su carrera. Chevalier de las Artes y las Letras de Francia, Zoé Valdés, como su personaje de La Cazadora de Astros (Plaza & Janés, 2007) es la escritora cubana alejada del mar Caribe y en la búsqueda de seguir la vida a través de los otros océanos que le ha regalado el desarraigo.
Cabe la infidencia que es contar sobre los primeros minutos del encuentro con Zoé Valdés: fue antecedido por una cena en casa de una venezolana en París, donde se preparó la sopa de manzanas verdes al curry de Armando Scannone. Ello ayudó a entrar en calor. En la mesa se habló de Venezuela, literatura y Cuba, no en ese exacto orden; la charla fue mucho menos rigurosa que la costumbre francesa de dejar la ensalada justo antes del postre.
Zoé Valdés, la comensal de honor, preguntaba sobre poetas venezolanos, artistas venezolanos, personajes venezolanos y gobiernos venezolanos; muy especialmente y por obvias razones sobre el actual. En síntesis, al final de la comida dijo: “Me como el dulce antes de amargarme”, pronosticando que ahondaríamos en la entrevista sobre nuestros países.
NOSTALGIA HABANERA
Con esa canción del músico cubano Roberto Collazo, Zoé Valdés tituló el último capítulo de Te di la vida entera, la novela finalista del Premio Planeta 1996, una de sus obras más reconocidas y en donde narra la vida (la tragedia) de Cuquita Martínez, que en el fondo es ella, es quizás su madre o lo son tantas mujeres cubanas que vivieron el nacimiento de la revolución que -más que a un continente- ha marcado a un gentilicio.
Ya tiene quince años lejos de su Habana. “1994 fue el año más difícil del período especial, yo estaba bastante harta de vivir en una especie de exilio dentro de Cuba y cuando salgo lo hago con una ansiedad enorme de vivir otra cosa, de comerme el mundo y no me podía ocupar demasiado de mis raíces. Después de que uno vive todo el tema que son los primeros días del exilio, documentos, papeleo, etc., no es sino al tercer año en que comienzo a indagar sobre Cuba, cien años atrás en su historia. El exilio de cualquier modo es un castigo, pero no me ha bloqueado, al contrario, me ha dado el impulso que me ha permitido trabajar, estudiar y recuperar mi país a través de la investigación de su memoria, de todo lo que se ha escrito, pintado y cantado no sólo dentro sino fuera de la isla”.
Su acento evita el “vaya” o el “vamos” tan presente en el cubano. Se trata de una habanera ajena al estereotipo. ¿La causa? Tal vez sea París y la ausencia del malecón eterno de la postal. “Me vienen muchos momentos en que me digo que como el mar de Cuba no hay. Me fascina el perfume de ese mar. Desde luego que a veces me ataca mucho la nostalgia, pero después la vida sigue desde otros mares, así es de simple, hay otras realidades”.
Sus libros están traducidos al francés, alemán, inglés, portugués; además cumple una tarea sólida y bien seguida como columnista en distintos diarios iberoamericanos, amén de su blog. Quien alguna vez haya tenido la oportunidad de ver ese espejo de aumento hacia el mundo de la literatura y sus responsables que fue el programa en televisión de Bernard Pivot, y además de eso se consiga con la edición dedicada a Zoé Valdés sin saber quién es ella, imaginará que se trata de una escritora de rasgos exóticos (es nieta de chino) y dirá que la entrevistada en cuestión es una francesa más por su hablar delicado, el sutil compás de las manos a la hora de gesticular y los guiños cuando hay que tenerlos, es decir, una buena francesa.
“Habanidad de habanidades todo es habanidad, dijo Guillermo Cabrera Infante. Yo, la verdad, cuando llegué a esta ciudad por primera vez no me sentí ajena, porque sucede que muchos de los arquitectos franceses en los años 1920 y 1930 no podían hacer su obra aquí porque no tenían dinero y las pudieron hacer en La Habana, donde se hizo mucho art nouveau, mucho art deco. La gente es muy fría, es cierto, pero yo aprendí que a los parisinos tú tenías que abordarlos siendo tú. Eso les resulta muy simpático”. Vive con la literatura, su hija ya adolescente, su esposo y muy pocos amigos. Rodeada de la historia que impregna cada calle de París. “Vo vivo frente al banco donde empieza Bouvard y Pécuchet de Gustav Flaubert, o sea que cada espacio siempre tiene una referencia literaria muy precisa”.
EL LABORATORIO FEMENINO
En 2008 publicó el ensayo La ficción Fidel, catalogada por muchos como el mejor documento de dolor y rechazo al régimen castrista. Se trata del relato -de acuerdo a sus experiencias e investigación aguda- de la receta de la revolución comunista, donde pone de manifiesto “el marketing de un producto que el mundo ha comprado”. Allí describe, analiza y retrata la vida de un pueblo y el destino de los seres humanos que han sido devorados por la dictadura, sus intelectuales, políticos, mujeres y hombres a quienes le fue expropiada la historia de su nación. Ella habla con fechas y eventos precisos de acontecimientos que el hermetismo de cincuenta años ha transformado y desdibujado. “El cubano es un ser complejo, no es tan fácil como aparenta, porque parece generoso, ligero y musical, pero no lo es tanto.
“Tengo un banco de ideas, porque lo que sí es cierto es que en las dictaduras se vive muy rápido y lo vives todo con mucha fuerza e intensidad y se te queda todo muy grabado, muy permeado y te marca mucho”. Su narrativa sigue siendo escrita sobre los pasos de la vida que le ha tocado; su poesía también. Todo artista crea a través de sus experiencias, pero en Valdés hay detalles muy íntimos, de una policromía libre e infinita. Su pasión por la pintura la ha llevado a narrar en dos tiempos la vida de Remedios Varo, surrealista catalana que hizo vida entre París y México donde finalmente su obra y las circunstancias de la postguerra le dieron el sitial que me merecían sus pinturas. Esa novela se titula La cazadora de astros, y con ella inicia la trilogía sobre mujeres talentosas y quizás disminuídas en la época de un mundo regido por los hombres. “Yo creo que voy ahora al tipo de mujer de fuerza más universal, mujeres que incluso tuvieron vidas muy sencillas como es el caso de Remedios Varo. En esos años la conmoción era más social que dentro de ellas mismas. Lydia Cabrera, Dora Maar, ese tipo de personajes me interesa mucho, así como me interesa la juventud; todavía me sigue obsesionando mi adolescencia y todos sus niveles de rebeldía”.
Ella vivió una revolución más, la femenina, y quiere contarlo todo. Su álbum vital retrata una juventud que se tomó las licencias que Cuba le permitió, participando en distintas delegaciones culturales en París antes de su partida definitiva. “Cincuenta años son cincuenta años, no nos hagamos ilusiones. La mía es una extraña generación porque yo pienso que se está reinventando siempre y que sin embargo todavía tiene cosas que decir. Me siento muy joven y con ganas de trabajar, la mujer de mi edad ha sabido hacer un puente, pero me molesta cuando se ningunean etapas de la vida de una.”
Es toda cautela y poco carnaval. “Yo soy una tímida perversa, soy muchas personas, es una licencia de los escritores”. Se mete en sus personajes, se desdobla, con la finalidad de confesarse a través de ellos. “Yo escribo todos los días entre nueve y tres de la mañana, escribo mucho a mano, no puedo escribir directo en la computadora, entonces tengo muchos cuadernitos. Me gusta que mis dedos sigan mis ideas y se manchen. Luego pinto mucho”.
LAS LETRAS DE LOS OTROS.
De la literatura latinoamericana de hoy cita a la montaña de libros que le rodean. “Bueno, hay mucho y de un gran valor, por ejemplo Ángeles Mastretta, Carmen Posadas y los de siempre como Mario Vargas Llosa, y ahora Jorge Volpi; hay una generación que se quedó un poco perdida después del boom, sobre todo la de los ochentas”.
Uñas contra la pizarra se escucharon cuando se le pidió la opinión de escritores cubanos muy reconocidos como Pedro Juan Gutiérrez, Leonardo Padura y Wendy Guerra. “A ellos nunca les preguntan sobre mí, o si les preguntan nunca dan sus opiniones. No me interesan para nada, en primer lugar porque cada uno tiene su concepción política sobre aquello, disfrutan de esa situación y se han beneficiado. A mí me interesan más bien Reinaldo Arenas, Juan Abreu, Reinaldo Bragado Bretaña, Carlos Victoria, Guillermo Rosales, Yanitzia Cane, que han publicado mucho más. No soporto la doble moral, el doble lenguaje y el cantinfleo, me dan asco”.
Para ella la literatura es un deseo constante de vivir en poesía y la política, la posibilidad de que en democracia una cultura sea universal. Su actual brújula sigue desaforadamente dos novelas de Francoise Sagan, y está rodeada de “muchos lápices, un vaso con agua” y el mentol chino, “la pomada del tigre que sirve pa´tó”.
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